Consigna veintitrés Elegir una de las siguientes consignas (alfa o beta). En ambas se requiere “jugar” con el punto de vista o focalización y con el saber del narrador. Estos recursos suelen ser de vital importancia en muchos relatos de pasaje, como en todos los incluidos en este módulo. Extensión máxima: 1 página.
Veintitrés beta Relatar el atentado a las Torres Gemelas, ocurrido el 11-09-01 en Nueva York, desde el punto de vista de un pastor perteneciente a alguna secta religiosa. La situación en que el relato se produce es la siguiente: el pastor está dando un sermón a otros miembros de su secta y ve en el atentado el cumplimiento de algún designio divino.
Sugerencia: Un fragmento de las profecías de Nostradamus puede funcionar como ayuda para la construcción del sermón:
“En la ciudad de los Dioses habrá un gran trueno, dos hermanos se destrozarán separándose por un caos; mientras la fortaleza soporta, el gran líder sucumbirá. La tercera guerra comenzará cuando la gran ciudad esté ardiendo”.
Queridos hermanos:
Quiero decirles que por fin ha llegado el día del castigo. El día que estuvimos esperando durante tanto tiempo, el día en que los pecadores han sido castigados por el fuego del Todopoderoso. Este es el día que figura en nuestros libros sagrados. Ahora nos enteramos que las dos torres han caído por medio del fuego. Es el fuego divino que ha derribado las dos torres. Por fin ha llegado el día en que la nueva Babilonia caerá.
Ya lo ven. Del cielo ha caído el fuego de la destrucción. Y esas torres, que eran el símbolo del Maligno en la tierra, han claudicado. Esto marca el fin de una etapa de la humanidad. Pero no se inquieten, porque de la destrucción nacerá algo nuevo. El fuego del cielo purificará esta tierra. De eso pueden estar seguros. Sepan que esa destrucción es definitiva, que esas torres infames no se volverán a elevar al cielo.
De esos restos putrefactos nacerá algo nuevo, algo sublime, algo puro. El fuego ha derribado el símbolo de la Bestia. Esas dos torres significaban el anhelo del hombre por tocar el cielo con sus manos. Pero ese anhelo es un engaño. Porque el hombre quiere hacerlo por sus propios medios, valiéndose de sus fuerzas. Y ese, hermanos, es el pecado más grande.
Por fin el día de la purificación está entre nosotros. Alégrense. Amén.
Consigna veinticuatro Elegir uno de los tres sintéticos y apretados argumentos que siguen (alfa, beta y gama), para escribir la línea argumental de un posible relato. Se trata de contar, a modo de resumen, los hechos que llevarían a cabo los personajes de la historia, en el orden en que se presentarían en el relato, situándolos en un espacio y un tiempo. Extensión máxima: 1 página.
Veinticuatro alfa Un hombre, en la vigilia, piensa bien de otro y confía en él, plenamente, pero lo inquietan sueños en que ese amigo obra como enemigo mortal. Se revela, al fin, que el carácter soñado era el verdadero.
Había sido un día largo para J. C.. Pero no había terminado. La carga no había llegado a destino todavía. Se trataba de dos mil kilos de cocaína que debían cruzar la frontera argentino-chilena en dos camiones acondicionados a tal efecto.
J. C. y su “jefe de operaciones”, R. A. B., habían planificado la logística del hecho de forma metódica, rigurosa y detallada. Paso a paso, movimiento a movimiento. R. A. B. había hecho algunas correcciones al recorrido, notando que a cierta hora los controles de Gendarmería y de la Aduana se relajaban un poco. Igualmente, el riesgo era alto; la ganancia, también. Por eso, la carga iba en dos camiones: si uno era detenido, tal vez el segundo lograra pasar los controles.
A pesar de que había insistido en acompañar los camiones yendo en un auto adelante para despejar el camino o para avisar si había algún problema en la ruta, R. A. B. lo había persuadido de que su intervención era innecesaria. Le dijo a J. C. que era riesgoso y que él esperaría el camión en Chile. Finalmente, J. C. aceptó la recomendación. Se había quedado en su casa, con el teléfono celular al lado, expectante y atento a cada noticia que llegara de los choferes y de R. A. B. Le había pedido a éste que a cada hora le enviara un whatsapp con la ubicación en tiempo real de los camiones y con un pulgar arriba como señal de que todo iba bien. Según había dicho R. A. B., los choferes habían sido seleccionados por él y tenían experiencia comprobada en esa clase de transportes. Pero lo más importante de todo es que eran de extrema confianza. En este negocio, pensaba J. C., la confianza era casi todo.
A medida que las horas pasaban, el cansancio había empezado a derrotar a J. C.. Sentado en un sillón, atento al teléfono celular, empezaba a cabecear. Toda la tensión acumulada del día le estaba pasando factura: los preparativos de los camiones, el acondicionamiento en el doble fondo, el traslado de la droga hasta el depósito donde iban a hacer la carga, le habían alterado los nervios. R. A. B. había estado más relajado, dándole tranquilidad sobre la marcha del traslado.
Finalmente, entró en un sopor pesado y denso. Un sopor que lo ponía en el límite entre estar despierto y estar dormido. Se encontraba en ese estado de vigilia que precede al sueño.
Un poco más tarde creyó sentir ruidos afuera. Un auto se había detenido cerca de su casa y un perro había ladrado. O al menos eso le había parecido. En realidad, no estaba seguro. Se levantó y se asomó por la ventana de su casa. No vio nada. Se sentó nuevamente y revisó su teléfono celular: nada. No sabía bien cuánto tiempo había pasado, pero le llamaba la atención el silencio de R. A. B. y de los choferes, la falta de noticias. Confiaba plenamente en él. En varias ocasiones había probado su fidelidad, seriedad y diligencia para organizar los traslados ilícitos.
Por último, se rindió al sueño. Nuevamente escuchó algunos ruidos y se acercó a la ventana. Escondido detrás de la cortina le pareció ver a R. A. B. conversando con dos personas. Pero era imposible. A esa hora, según lo convenido, debía estar en un depósito en Santiago de Chile esperando la llegada del camión.
Su sueño quedó bruscamente interrumpido cuando un grupo de cinco personas con chalecos verdes de la Gendarmería Nacional Argentina rompieron la puerta de entrada de su casa. Fue reducido de inmediato y esposado, sin darle tiempo a nada. Es más, todavía estaba un poco dormido. Al salir de su casa y antes de subir a un móvil, le pareció observar a lo lejos a R. A. B. que, enfundado en una campera verde, hablaba animadamente con dos gendarmes.
Consigna veinticinco Elegir una de las consignas que siguen (alfa o beta). Extensión máxima: 3 páginas.
Veinticinco alfa Escribir un relato a partir del argumento desarrollado en la consigna anterior.
A. S. espera desde hace media hora en la antesala del despacho del Comandante Martínez, jefe de la Unidad de Operaciones Especiales de la Gendarmería Nacional Argentina. Un día antes había recibido una orden urgente para presentarse en el Edificio Centinela, cuartel central de la fuerza.
A. S. había nacido en la provincia de Mendoza treinta años atrás y desde hacía cinco se encontraba destinado en Campo de Mayo. Experto en comunicaciones y en técnicas de contrainteligencia, había sido entrenado en el país y en el exterior. Fue uno de los cinco miembros de la fuerza elegidos para ser adiestrados en Langley, Estados Unidos. Su legajo, por otra parte, era uno de los pocos que podía catalogarse como intachable.
Cuando entró al despacho, luego de las formalidades de rigor, entendió inmediatamente que estaba allí para realizar una misión compleja y riesgosa. Con mucha precisión y detalle el Comandante Martínez le explicó qué era lo que se esperaba de él. Le dijo que desde hacía tiempo venían siguiendo los movimientos de una gran organización criminal dedicada al narcotráfico, que transportaba droga desde Argentina ‒por la provincia de Mendoza‒ hacia Chile. Se trataba de la organización que traficaba la mayor cantidad de droga entre un país y otro. Y sus miembros eran sumamente peligrosos y violentos. En sus luchas con bandas rivales habían cometido numerosos homicidios. El grupo contaba para ello con varios miembros a ambos lados de la cordillera y su jefe, J. C., era sumamente escurridizo y desconfiado. Solo tenían de él, le dijo el Comandante Martínez, una foto de hacía dos años.
En síntesis, debía infiltrarse en la organización para detener a J. C.. Que fuera mendocino, que no tuviera familia y su experiencia y entrenamiento en actividades de contrainteligencia convertían a A. S. en el candidato ideal para esa difícil tarea.
Al día siguiente ya estaba en Mendoza, procurando moverse por fuera de los círculos donde podían reconocerlo, intentando adentrarse en el submundo del narcotráfico bajo el nombre ficticio de R. A. B.
Tres meses más tarde podía decirse que había tenido un acercamiento superficial a la organización, pero le faltaba ingresar, pertenecer. Finalmente, consiguió relacionarse con un miembro del grupo. Este lo presentó a sus jefes como alguien de confianza. Era un gran avance. Pero aún estaba muy lejos de la cúpula.
Al quinto mes lo consiguió. Sus superiores le habían dado el dato de que la Policía Federal Argentina estaba tras los pasos de la banda y que de un momento a otro allanarían varios domicilios para detener a J. C.. Era el momento indicado. Decidió ganarse la confianza de J. C. con un golpe de efecto espectacular. Puso sobre aviso a la organización sobre la investigación de la Policía Federal. A partir de su intervención logró salvar una carga sumamente costosa. Además, J. C. logró salir de una casa justo antes de que irrumpiera la policía para detenerlo. Eso le permitió entrar en el círculo de confianza de J. C. y posicionarse en la organización como una persona sagaz e inteligente. Justo lo que necesitaba.
Luego de intervenir en algunos contrabandos importantes, J. C. lo nombró como su “jefe de operaciones”. Esto significaba que de antemano sabría todos los movimientos de droga que hiciera la organización. Era el paso final. Ahora solo quedaba aguardar un contrabando grande para desbaratar la organización y detener a su jefe. Esa oportunidad llegaría durante los últimos días de noviembre de 2023.
R. A. B. armó toda la logística del traslado. Le dijo a J. C. que se encargaría de conseguir los choferes y de diseñar todo el itinerario. Así lo hizo. Se contactó con sus superiores de la Gendarmería y pidió la colaboración de dos miembros de la fuerza para que hicieran las veces de choferes. Fijó los horarios y le dijo a J. C. que esperara en su casa, que él se encargaría de sobornar a los miembros de la aduana y de las fuerzas de seguridad y de recibir el cargamento en un depósito en Santiago de Chile alquilado al efecto.
El día fijado, R. A. B. o A. S., se apostó con el grupo de operaciones especiales de Gendarmería Nacional Argentina a dos cuadras de la casa de J. C. Cuando detuvieron los camiones con la droga al salir del depósito en Mendoza, dio la orden para detener a J. C. Este parecía dormido cuando lo esposaron y lo subieron a un móvil de la fuerza. Sin embargo, a la distancia le pareció que lo había reconocido junto al móvil de la Gendarmería.
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Febrero, 2024. Todos los derechos reservados por su autor
Nota: las correcciones finales de los textos estuvieron a cargo de su autor.