La Argamasa

(TIEL) Módulo VIII Espacios y travesías: viajar, ver, contar

Consigna dieciocho Seleccionar una de la dos consignas, alfa o beta. (Extensión máxima: 1 ½ carilla cada consigna.

Consigna dieciocho alfa Elegir uno de los siguientes inicios (ver alternativas más abajo) de Las ciudades invisibles y continuar la descripción de la ciudad como lo haría Marco Polo, según Calvino:

Si queréis creerme, bien. Ahora os diré cómo es Ottavia, ciudad-telaraña […] El viajero que ingresa a la ciudad por la muralla norte siente algo así como una opresión en el pecho nada más traspasar la gran puerta de madera y metal que la flanquea. Esto se debe a que inmediatamente lo inunda una fantasmagórica visión de las irregulares construcciones de Ottavia. Estas, literalmente, se le vienen encima. No por nada se la llama la ciudad-telaraña.

Hay que decir que las típicas construcciones de Ottavia son más bien pequeñas y casi todas tienen tragaluces que se asemejan a los ojos de arañas gigantes. Las construcciones están entrelazadas y superpuestas como si hubieran sido arrojadas unas encima de otras al azar, por la mano de un dios irreverente y descuidado.

Para darles una imagen más precisa, sepan que la ciudad amurallada de Ottavia se encuentra erigida en una pequeña porción de tierra sobre un monte que da al río Tigris. De un lado, como anticipé, tiene el cauce del río y, del otro, una ladera sumamente escarpada. De ese modo, posee una ubicación inmejorable para defenderse de los ataques de ciudades enemigas que regularmente la azotan.

Pero más allá de esa superioridad estratégica, esa característica explica porqué sus viviendas han sido construidas unas encima de las otras de modo irregular, logrando un efecto de telaraña que al viajero desprevenido le resulta asfixiante y que lo llevan a querer irse inmediatamente de allí.

Hay otra característica saliente de Ottavia: si ustedes caminan por sus estrechas y sinuosas calles, van a tener la sensación de que son observados desde las pequeñas ventanas que afloran de sus construcciones y que, como narré, se parecen a los oscuros ojos de las arañas. Son miradas furtivas que aparecen y desaparecen. Es más, algún que otro extranjero puede pensar que son fantasmas o sombras errantes. No se equivoquen. Son los habitantes de Ottavia que desconfían de los visitantes y que prefieren evitarlos quedándose en sus oscuras viviendas hasta que se vayan o hasta que desciendan las sombras de la noche. Creo que un viejo refrán que se repite en Ottavia va a ilustrar mejor a la antigua ciudad: “ningún extranjero pasa dos veces por Ottavia”.

 Consigna diecinueve Describir subjetivamente un lugar real, haciendo un registro de impresiones. (Extensión máxima: 1 1/2 carilla).

Observar antes los siguientes pasos e indicaciones:

– Elegir un sitio “extranjero” para visitar, o que sea habitual pero pueda ser mirado con ojos de extranjero. Puede ser un barrio, una calle, una zona de la ciudad. O un lugar más acotado: un café, un banco, una iglesia o nueva iglesia, un local de video-juegos, una institución educativa, una discoteca, un recital.

– Antes de ir, poner por escrito por qué se lo eligió. Se trata de apuntes para uno mismo. En el texto que explicite la elección, con frecuencia aparecen ideas o hipótesis previas que el observador tiene sobre el lugar y que van a orientar la mirada.

– Ir al lugar, con tiempo para recorrerlo y mirarlo, y libreta de notas. Caminarlo, observarlo desde distintos ángulos y en distintos momentos, dejarse penetrar por los ruidos, los olores, las tonalidades de la luz. Tomar apuntes que registren las impresiones e ideas que aparezcan. Se trata de agudizar la mirada, esto es, de atender a la percepciones o impresiones fugaces que suelen desvalorizarse o descuidarse (por ejemplo, que nos recuerda tal lugar, que nos hace evocar tal cosa, que provoca tales sensaciones). También es importante registrar los aspectos más canónicos que una descripción supone y que pueden resultar útiles en la escritura final: dimensiones, partes o estructura, límites; quiénes circulan, desplazamientos; colores, sonidos, olores.

– Trabajar sobre las notas con vistas a la producción del texto pedido (seguramente en el momento de la escritura aparecerán nuevas ideas impresiones). Habrá que operar una selección.

Es importante no quedarse en la pura empiria o acumulación de datos. Es cierto que se trata de una descripción y no de un ensayo o de un texto argumentativo, de modo que no tiene que haber una hipótesis luego se demuestre, pero sí el texto debe estar presidido por una mirada que, eventualmente, puede llegar a constituir una idea o hipótesis sobre el lugar.

Con frecuencia, esta mirada o idea no es previa sino que va apareciendo en la propia escritura (que puede suponer muchas reescrituras o escrituras fragmentarias). No se trata necesariamente de que aparezcan enunciados interpretativos explícitos. La descripción puede hablar por sí misma por la fuerza de la representación. – Puede tratarse de una descripción diurna o nocturna, de la descripción del lugar en movimiento o con todo detenido, de una descripción con hipótesis sobre el pasado (como “Cinco días en Brasilia”) o sobre el futuro, de una descripción cinematográfica (que oscile entre el plano general y la focalización), etc. El lector tiene que poder encontrar una mirada que presida la observación.

– El sujeto observador puede estar presente o no en el texto.

MONTMARTRE

La ciudad de París tiene veinte distritos. Uno de los distritos más atractivos es el distrito 18. Allí se encuentra el barrio de Montmartre. Si bien el boulevard Clichy es uno de los límites del barrio, las estaciones de metro o subte hacen las veces de mojones que señalan la frontera del mismo durante gran parte de su geografía. Place de Clichy, Blanche, Pigalle, Anvers y Lamarck son algunas de las estaciones de metro que circundan el famoso barrio que alberga varias atracciones variopintas, incluso contradictorias. Sobre el boulevard de Clichy, casi a la altura de la estación de metro de Blanche ‒en realidad, está en diagonal‒, se encuentra el mítico cabaret Moulin Rouge. Pero a escasos 400 metros de allí, hacia el norte, subiendo alguna de las empinadas calles hacia el norte, se halla una de las iglesias más emblemáticas de París: la Basílica de Sacré Coeur. Infierno y cielo; ángeles y demonios; santos y pecadores. Todo se entremezcla en Montmartre.

Quien asciende al boulevard de Clichy por alguna de las estaciones de subte que la recorren, como Blanche, Pigalle o Anvers, observa el transcurrir de personas, bicicletas, ómnibus, monopatines eléctricos, autos, motos. Por ahí pasa todo tipo de vehículos y de gente: oficinistas, turistas, vecinos, vendedores, descuidistas, etc. Eso es lo primero con lo que uno se topa al subir las escaleras de cualquiera de las estaciones del metro referidas. Puede decirse, sin ánimo de exagerar, que ese boulevard es la frontera que divide a París de Montmartre. Porque Montmartre es un barrio especial dentro de un distrito especial y dentro de una ciudad especial. Podría pensarse lo mismo de otros barrios parisinos como el Barrio Latino, Montparnasse o Le Marais. Pero Montmartre es diferente, por esa mezcla tan particular que señalé.

Por la tarde, a la caída del sol, el visitante que arriba al boulevard tiene ganas de adentrarse en Montmartre, de vivirlo; tal vez para intentar escapar de tanta gente que va y viene. Lo bueno es que con solo internarse unos cien metros hacia la colina por alguna de las calles secundarias, todo cambia como por arte de magia. El frenesí del boulevard queda atrás y aparecen las típicas postales de cualquier barrio urbano: niños jugando al fútbol en la vereda, vecinas paseando sus perros y oficinistas que vuelven a sus hogares después de la jornada laboral. A eso hay que sumarle los infaltables turistas que pueblan el barrio. Turistas y vecinos conviven en una armonía placentera.

Cuadras más bien cortas y veredas angostas definen las calles del barrio. Ello, sumado a la inclinación natural que provoca su ubicación al pie de una colina, componen un entramado de ángulos y recodos que impiden una visión completa y descubierta de las calles. Esto se ve agravado durante las oscuras noches de invierno, cuando la visibilidad queda muy reducida. Esa asimetría, esos ángulos y los muros de piedra de los antiguos edificios al pie de la colina pueden haber influido para que durante los siglos XIX y XX, el barrio se convirtiera en el principal reducto parisino de famosos pintores. Por allí pasaron Pablo Picasso, Maurice Utrillo, Vincent van Gogh, Henri Matisse, Pierre-Auguste Renoir, Edgar Degas, Henri de Toulouse-Lautrec, Salvador Dalí y Amedeo Modigliani, por citar los más conocidos. Esta fama de barrio de pintores o artistas sigue vigente en Montmartre. No por nada, muchos de los turistas que lo visitan lo hacen llevados por ese halo artístico que tiene el barrio y, en particular, la Place du Tertre, llamada la Plaza de los artistas o de los pintores, muy cerca de la Basílica de Sacre Coeur.

El arte, el turismo y la vida cotidiana se funden en Montmartre de manera natural, dándole una impronta sumamente peculiar, entre lo foráneo y lo local. De eso se trata, en definitiva, el famoso barrio de Montmartre, de la calma fusión de los contrarios.

Consigna veinte Escribir un relato que ocurra en el lugar que se eligió para describir. La historia debe sucederle o ser protagonizada por un personaje ajeno al lugar o debe tratarse de una historia que rompa con los hábitos del lugar. El texto que sigue puede servir de ejemplo. (Extensión máxima: 2 carillas).

La noche es oscura y fría, como casi todas las noches de invierno en París. Son las nueve de la noche, pero por la oscuridad podría decirse que es de madrugada. Las calles de Montmartre están vacías. Solo se vislumbra algún que otro vecino rezagado que apura el paso para llegar lo más rápido posible a su casa.

T.P. espera cerca del legendario Carrousel de Saint-Pierre en la Place Suzanne Valadonen. No espera a nadie en particular. Es más bien alto de estatura, con una cara extraña, especialmente una nariz achatada, propia de un boxeador. Su color de piel es oscuro y viene de sus ancestros nacidos en una antigua colonia francesa. Los recovecos de la escalera que asciende a la Basílica de Sacre Coeur por la Rue Foyatier le otorgan un buen lugar para esconderse mientras aguarda, pues durante varios tramos la luz de las farolas deja espacios sin iluminar. De pronto, a lo lejos, se oye el taconeo de una mujer que sube desde el boulevard de Clichy. Por la cadencia de sus pasos, deduce que se trata de una mujer mayor, una anciana. Es justamente lo que está esperando.

Desde hace un tiempo a esta parte, sus excesos de droga, alcohol y sexo le demandan a T.P. cada vez más dinero. Ha encontrado en el antiguo barrio de Montmartre un lugar apropiado para la emboscada, el robo y el asesinato. El trazado de sus calles, con sus subidas y bajadas, sus ángulos y sus estrechas veredas, resulta muy apropiado para sus fines delictivos. A eso hay que agregar que es un barrio donde viven muchas ancianas que no pueden ofrecer resistencia a los embates de un hombre joven y fuerte como T.P.

La mujer sube hacia la Basílica. T.P. la sigue sin prisa, con movimientos felinos. Escucha la agitación de la mujer. Sabe que su juventud le permitirá alcanzarla cuando se lo proponga. Como lo esperaba y preveía, la pobre mujer entra en la Basílica. T.P. la sigue hasta la puerta, sin entrar. Ve que la anciana se arrodilla y luego atraviesa la nave central hasta ubicarse cerca del altar mayor, donde arde un cirio. El incienso le da una atmósfera hipnótica a la Basílica. Se sienta en uno de los primeros bancos y murmura para sí algunas plegarias. T.P. no entra y decide esperar afuera, sentado en las escalinatas, en un costado.

Finalmente, la anciana sale de la Basílica y dobla hacia la derecha por la rue Cardinal Guibert. Sigue unos cien metros y dobla otra vez hacia la izquierda por la rue du Chevalier de la Barre. Se detiene justo en la esquina, en un edificio de tres pisos que tiene un portón negro de acceso. La soledad de la calle es total. Mete la mano en la cartera y saca un manojo de llaves. Con la mano derecha temblándole por el frío intenta abrir el portón negro. Ni bien abre el portón, T.P. se abalanza sobre ella y la obliga a ingresar a su departamento. Una vez dentro, T.P. agarra a la mujer del cuello y la estrangula con sus dos manos. A los pocos instantes la mujer deja de respirar y T.P. le sustrae todo lo que encuentra de valor en el pequeño departamento.

Sale de allí y vuelve sobre sus pasos, bajando por la rue Foyatier. La misma adrenalina de siempre lo hace apurar el paso al bajar la colina rumbo a la rue Seveste para llegar hasta el boulevard de Clichy. Dobla a la derecha y se dirige al Moulin Rouge. Todavía con la excitación en sus manos, pide un trago y se sienta en la barra.

Copyright©Alejandro

Noviembre, 2023.  Todos los derechos reservados por su autor

Nota: las correcciones finales de los textos estuvieron a cargo de su autor.

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