Consigna veintiuno Elaborar un nuevo relato, cambiando el final, o algún otro elemento, de “Hombre de la esquina rosada” de Jorge Luis Borges, “La noche boca arriba” de Julio Cortázar o “El perjurio de la nieve”de Adolfo Bioy Casares con el fin de darle un nuevo significado a la narración. La idea es que la nueva versión se oponga en algún aspecto al texto original elegido para hacer el trabajo. (Extensión máxima. 2 ½ carillas)
“HOMBRE DE LA ESQUINA ROSADA”
Sabe usté, Borges, que laspalabras del Corralero y su salida con la Lujanera fueron un golpe muy duro para todos los que estábamos en “La Julia” aquella noche. Para colmo, los del Norte nos miraban burlones, saboreando su triunfo. Una vez que los dos salieron me tuve que ir del boliche, me ahogaba. Agarré para el lao del Maldonado con una bronca terrible: por la Lujanera, por Rosendo, por mí, por los del Norte, por todos.
Allá iban los enamorados, de la mano, rumbiando para el lao de unas cañas, a la orilla del arroyo. Me acerqué despacio, como quien no quiere la cosa, para ver qué pasaba. No había mucha luz, pero justo quedaron en un claro. Y cuando Francisco Real ya se acercaba para comenzar con lo suyo, la Lujanera hizo un movimiento rápido con su brazo derecho. Jué como un refucilo que se vio en la noche. El Corralero se llevó las manos al pecho y trastabilló. Ahí la Lujanera dio vuelta la cabeza y me vio. Debe haber escuchado algo o pura intuición femenina. No me dijo nada. Lo agarró al Corralero y lo llevó de vuelta para el salón.
Yo me apuré y alcancé a llegar antes que ellos. Me acomodé en un costado, esperando acontecimientos. Uno de los hombres del Norte, de la banda del Corralero, me miraba ceñudo, como si me quisiera achacar algo. Era el más viejo del grupo, curtido y con un bigote medio blanquecino. Pero solo me miró raro.
Después dentró la Lujanera llorando y arrastrando al Corralero que se apoyaba en su hombro. Francisco Real estaba en mal estado, la jeta se le veía mal y no podía decir nada. Alguien del Norte se acercó y lo acostó en el piso, con un poncho como almohada. Después de un rato, el Corralero pidió que le taparan la cara con su sombrero y, dignamente, se murió.
Naides sabía bien qué había pasado y la Lujanera lloraba a moco tendido. Alguno del Norte se le acercó como para increparla por lo ocurrido. Yo fui uno de los que la defendimos. Y de repente alguien dijo que venían los milicos para solucionar el entuerto.
Antes de salir, mientras se escuchaba el galope de los caballos de los milicos, la Lujanera me fijó la mirada. Después salió del salón, aprovechando que se había armado alboroto. Yo también me fui despidiendo muy despacio, sin mirar al costado. Alguien me dijo algo, pero yo seguí sin hacer caso. Cuando salí ya amanecía. Llegué al rancho con las primeras luces del día. Adentro estaba la Lujanera sentada en el catre, con mirada de agradecimiento.
Consigna veintidós
Consigna veintidós alfa Tomar el siguiente relato sumario, extraído del ensayo Evaristo Carriego de J. L. Borges y escribir un cuento, haciendo todas las trasgresiones necesarias para convertirlo en una versión novedosa del texto de base. (Extensión máxima. 2 carillas).
[Este es…] un instante desgarrado de un cuento que oí en un almacén y que era a la vez trivial y enredado. Sin mayor seguridad lo recobro. El héroe de esta perdularia Odisea era el eterno criollo acosado por la justicia, delatado esa vez por un sujeto contrahecho y odioso, pero con la guitarra como no hay dos.
El cuento, el salvado rato del cuento refiere cómo el héroe se pudo evadir de la cárcel, cómo tenía que cumplir su venganza en una sola noche, cómo buscó en vano al traidor, cómo vagando por las calles con la luna el viento rendido le trajo indicaciones de la guitarra, cómo siguió esa huella entre los laberintos y las inconstancias del viento, cómo redobló esquinas de Buenos Aires, cómo arribó al umbral apartado en que guitarreaba el traidor, cómo abriéndose paso entre los oyentes lo alzó sobre el cuchillo, cómo salió aturdido y se fue, dejando muertos y callados atrás al delator y su guitarra cuentera”.
Me lo contó un cura de pueblo, mezcla de sacerdote y de gaucho. A su vez, él había recibido el cuento en confesión. No violaba ningún deber ni secreto al contarme el relato, porque no me dijo quién era el pecador. Sí me dijo que durante la confesión se arrepintió, que pidió perdón a Dios y que se fue a vivir solo a un rancho en el medio de la pampa.
Todo pasó alrededor de 188… en los pagos de Marcos Paz. El comienzo de todo fue una mentira. El pecador arrepentido fue injustamente acusado de un homicidio que no había cometido después de una larga noche de bebidas en una pulpería de mala muerte.
Según el cura que había recibido la confesión, eran cuatro paisanos los que quedaban todavía en el boliche aquella noche. Todos conocidos del pago chico. Nuestro pecador, su amigo, el dueño del boliche y un payador famoso en toda la zona norte, con una deformidad horrible en su espalda que lo obligaba a estar permanentemente apoyado en la pared.
Entre rasgueo y rasgueo, la cosa se puso complicada. El dueño del boliche quería cerrar para irse a su casa, que estaba pegada al salón. Ya era de madrugada y decía que su esposa lo estaba esperando. El amigo del pecador se puso pesado y comenzó a exigirle al patrón que no se podía ir, que todavía no habían terminado de tomar. Finalmente, todo se complicó y el amigo del pecador sacó un facón que enterró en el vientre del dueño del boliche. A los pocos minutos ya había dejado de respirar. Su esposa, una criolla muy joven y bonita, que lo había ido a buscar, lo vio tirado y llamó a la policía.
Cuando llegó la policía, el pecador y su amigo ya se habían ido. Fue entonces cuando el payador contrahecho denunció a la persona equivocada por envidia, por dinero o por celos de mujeres. Nunca se supo bien cuál había sido el motivo. La cosa es que el pecador se tuvo que escapar de su casa, dejando familia e hijos.
Se escondió en el monte durante un tiempo como una fiera acorralada. Dormía de día y salía de noche. Comía lo que conseguía por ahí. Lloraba por su esposa e hijos, pero sabía que no podía volver al pago. En el monte rumió, pensó y planificó largamente su venganza contra el payador contrahecho.
Habían pasado tres años, pero muchas veces la venganza no conoce de plazos. El pecador quería matar al payador contrahecho. Es más, lo había jurado. Lo buscó por todos los boliches del norte y del sur, del este y del oeste. El payador no aparecía por ningún lado. A veces escuchaba que había pasado por alguna pulpería del centro; otra, por un salón del oeste. Siempre llegaba tarde a su encuentro. Entonces se le ocurrió una idea. Se hizo pasar por un famoso payador del sur, que quería competir con el célebre payador contrahecho. Apostaría una suma enorme de dinero. Si el payador contrahecho le ganaba, se quedaba con el premio. Fue por todos lados haciendo el anuncio y dejando sus señas.
Hasta que un día recibió la respuesta que esperaba. El payador contrahecho había aceptado el duelo. Decía que no era el dinero, sino que quería demostrar que era el mejor payador bonaerense.
El día fijado, el payador contrahecho estaba templando la guitarra y calentando los dedos cuando llegó el pecador. Este avanzó enceguecido, empuñando el facón, listo para atacar. Ni bien lo vio, el payador se incorporó como pudo y sacó su facón. Se trabaron en duelo. El payador contrahecho, a pesar de sus limitaciones físicas, se batía como un tigre. Pero el odio y el resentimiento del pecador le dieron una fuerza sobrehumana y terminó por clavar el cuchillo en el corazón de su oponente. Salió corriendo y volvió al monte. Mucho tiempo después, fue a la parroquia de la zona a pedirle perdón a Dios.
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Diciembre, 2023. Todos los derechos reservados por su autor
Nota: las correcciones finales de los textos estuvieron a cargo de su autor.