La Argamasa

(TIEL) Módulo VII Focalización

Consigna catorce Reescribir el cuento “Las hamacas voladoras” a partir de la expresión “sexto punto”, cambiando el punto de vista. El narrador debe estar en tercera persona y el focalizador puede ser el viejo o alguno de los personajes que están en las hamacas: la chica rubia, el hombre gordo, la vieja del sombrero. Extensión máxima: dos carillas.

EN VUELO

 Sexto es el punto crucial donde la alegría se transformaría en pánico.

El sombrero hizo un vuelo de arrojo a la nada en círculos desbocados dejando el cabello a la deriva en el baile de las sillas.

Cumpleaños setenta y el regalo de las entradas al Parque del Este de sus nietos y todos junto a divertirse, decían los adolescentes. No estaba muy entusiasmada con subir a las hamacas, les parecían osadas y para nada divertidas… lo pensaba cuando de pronto sintió que la silla se desprendía de ella… casi se le escapa un grito.

Y luego más velocidad, séptimo punto.

Gritó casi sin aliento, tratando de ubicar ente todos los pasajeros de esa rueda siniestra de hamacas a alguno de los nietos. Solo reconocía más o menos, a un hombre gordo y a la chica rubia que estaba delante de ella para subir a las hamacas.

Y el viejo dueño de las hamacas adivinó que esa velocidad iba a subir aún más.

El cabello eran rizos al viento, el miedo cada vez mayor y el sombrero decidió regresar a la testa conocida, de improvisto.

Escondió la cabeza entre el pecho, los brazos y las manos moradas de apretar la barra delantera; sintió la vibración de la palanca que guiaban las hamacas e impulsaba más velocidad.

Llegó a distinguir a uno de los nietos que le hizo un guiño… ella supo que tenía miedo.

—¿No puede el encargado, ese viejo decrepito, parar las hamacas?

Otro golpe y se sintió como que todos volaríamos a Marte, entre gritos de horror, un miedo incontrolable.

Como una obra de teatro, el público desde abajo se sumaba al pánico, sin poder remediar nada, solo largando suspiros de horror.

Hasta casi que tenía bronca de cumplir años, de haber aceptado ese regalo ‒nunca le había gustado ir al parque de diversiones‒ Todos los juegos la ponían molesta o le daban mucho miedo.

Se puso a llorar cuando sintió que la velocidad había subido de nuevo y no avivaba a sus nietos, ya no distinguía ni la gente de las otras hamacas, ni los kioscos que había abajo, ni los árboles gigantes de la plaza de al lado.

 El aire era como látigo que castigaba su cara. Matías, el nieto de doce, debía ser un mar de lágrimas; desde que murió su mamá, las lágrimas, le asoman por el más mínimo detalle; yo las veía como húmedas despedidas de su mamina, como él la llamaba.

Ruido a cadenas que unas con otras se chocaban y formaban una red que apresaban esas maderas que alguna vez fueron sillas voladoras.

Siento haber aceptado este regalo. No imaginé siquiera que este sería un vuelo a la muerte. Una paz me envuelve: voy al reencuentro con mi hija.

Copyright©Susana Raposo

Marzo, 2023.  Todos los derechos reservados por su autora

Nota: las correcciones finales de los textos estuvieron a cargo de su autora.

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