Consigna C 1 Reescribir A la deriva en primera persona (desde el punto de vista de cualquier personaje) y observar cómo se altera la historia. Justificar. (Máx. 1 pág.)
Me acuerdo de ese día. Paulino había salido temprano. A la hora, más o menos, llegó gritando. Me llamaba como un loco, descompuesto y dolorido. Yo no sabía qué hacer, ni qué le había pasado. Me decía a los gritos que le alcanzara caña. Estaba muy nerviosa y le llevé la caña temblando. Pero el pobre deliraba, estaba tan mal que creía que era agua. Me decía a los gritos que le dolía mucho la pierna. Alcancé a vérsela: estaba toda morada, hinchada, como si lo hubiera picado algo. De repente, salió corriendo para el lado del río como un loco. Deliraba, se agarraba la pierna. Como pude salí corriendo para alcanzarlo, pero se subió a la canoa y se mandó por el río. Esa fue la última vez que lo vi.
El punto de vista de Dorotea, esposa de Paulino, es en primera persona. El relato se ve enriquecido porque se agrega su visión de los hechos que, si bien está limitada a lo percibido, le da un enfoque diferente a la situación.
Consigna C 2 Escribir una historia en tono irónico, en tercera persona, desde el punto de vista de un animal doméstico, por ejemplo, un gato, un perro, un canario. (Máx. 1 pág.)
Otra vez los dueños de casa se fueron de vacaciones. Todos los años lo mismo. Siempre soy el último. El perro es el último orejón del tarro. Eso sí, cuando vuelven me hacen muchas caricias. Se olvidan que cuando llegan a la casa siempre estoy esperándolos en la puerta, ladrando y moviendo la cola… Y ellos, en los momentos más difíciles para mí, cuando hay fuegos artificiales, se van. Total, no les importa que me asuste tanto con los petardos de los vecinos. Ellos saben que cuando vuelvan voy a estar esperándolos. Qué desagradecidos.
Consigna C 3 Escribir un relato que comience con la siguiente frase: «Cuando se acercó, se dio cuenta de que los perros estaban junto al cadáver». Dé predominio a los acontecimientos y que el comienzo sea el final de la historia (analepsis). (Máx. ½ pág.)
Cuando se acercó, se dio cuenta de que los perros estaban junto al cadáver.
Pero hay que remontarse a unas horas antes. Era de noche y la nieve caía sin contemplación sobre la montaña mendocina. Ella había salido en medio del temporal, enojada, gritando que no iba a volver. Que se había terminado. Él se quedó quieto, aturdido, sin atinar a nada. La vio irse para el lado de Uspallata, caminando como una loca entre la nieve, moviendo los brazos. Los perros ladraban, pero no se movían de la galería de la casa.
A medida que pasaban las horas, la preocupación de él crecía. Pensaba que no podía haberse ido muy lejos en medio de ese temporal. A su favor hay que decir que intentó salir a buscarla o al menos eso declaró ante la policía. Dijo que hizo cien metros y que no pudo avanzar más por el temporal, que su vida corría peligro. Que se hundía en la nieve y que casi no veía a su alrededor. Los testimonios de los vecinos fueron coincidentes e iban en la misma dirección: era imposible salir con ese temporal de nieve.
Al día siguiente, con alguna mejora en el clima, dijo que salió a buscarla junto a los perros. Estos, según explicó, se fueron para el lado de Uspallata corriendo, como llamados por alguien o algo. Finalmente, tras correrlos, los alcanzó al lado de la ruta. Ahí se dio cuenta que su esposa había muerto. Al menos eso es lo que declaró ante la policía.
Consigna C 4 Escribir un relato que presente alguno de estos conflictos (Máx. 1 pág.):
Personaje contra el destino.
Personaje contra su propio instinto.
Personaje contra la máquina.
Era un domingo cualquiera en uno de los arroyos que bañaban la localidad de Potrerillos. Había ido con su familia a disfrutar de un día primaveral en la montaña, como tantas familias mendocinas. La estaba pasando bien con sus dos hijos, jugando al fútbol, tirándose al piso, haciendo bromas. Todo ante la atenta y amorosa mirada de su esposa. Nada hacía presagiar lo que sucedería unos minutos después. Nada.
De repente la vio. Estaba a unos treinta metros de distancia y se quedó magnetizado. Sus hijos le tiraron la pelota, pero no hizo nada. Se había acabado el juego. Por unos segundos no vio ni escuchó nada más. Todo se centró en esa joven con andar desenvuelto y descarado, que caminaba hacia el lado de los cerros, por detrás del arroyo, alejándose de los turistas.
Inmediatamente se mareó, todo le daba vueltas mientras veía alejarse a la chica, que tendría 20 años. Respiró y se acercó hasta donde estaba su esposa, que le ofrecía un mate dulce y que le decía algo que no pudo entender. Estaba en otro lado, fuera de sí. En un momento dado, la chica desapareció por detrás del cerro. Nadie la seguía. Nadie. Se agarró de la silla de su esposa, porque la sensación era cada vez más real y fuerte. Por un instante atinó a sentarse y a pensar en otra cosa.
Pero no pudo. Esa sensación que creía enterrada lo había trastornado por completo. Como pudo, con voz quebrada por la excitación, le dijo a su esposa que tenía que ir al baño. Que no aguantaba más. Se dirigió al cerro llevado por un instinto que creía enterrado después de 15 años, pero que había vuelto a despertarse.
Consigna C 5 El primer texto, La habitación cerrada, pertenece a Paul Auster; el segundo es de mi autoría.
Escriba otro en el que imite el estilo del escritor norteamericano, tome como parámetro el relato El reflejo, más abajo transcripto.
Paul Auster (EEUU, 1947)
«Vagabundeé mentalmente durante varias semanas, buscando la manera de empezar. Toda vida es inexplicable me repetía. Por muchos hechos que cuenten; por muchos datos que se muestren, lo esencial se resiste a ser contado. Decir que fulanito nació aquí y fue allá; que hizo esto y aquello, que se casó con esta mujer y tuvo estos hijos, que vivió, que murió, que dejo tras sí estos libros o esta batalla o ese puente, nada de eso nos dice mucho. Todos queremos que nos cuenten historias, y las escuchamos del mismo modo que las escuchábamos de niños. Nos imaginamos la verdadera historia dentro de las palabras y para hacer esto sustituimos a la persona del relato, fingiendo que podemos entenderle porque nos entendemos a nosotros mismos. Esto es una superchería. Existimos para nosotros mismos, quizá, y a veces incluso vislumbramos quiénes somos, pero al final nunca podemos estar seguros, y mientras nuestras vidas continúan, nos volvemos cada vez más opacos; más y más conscientes de nuestra propia incoherencia. Nadie puede cruzar la frontera que lo separa del otro por la sencilla razón de que nadie puede tener acceso a sí mismo».
EL REFLEJO
Muchos me preguntaron por qué no proseguí con aquella maratónica colección de relatos que titulé “Creía que mi padre era Dios”, compilada en el 2002. Mi propuesta por aquellos tiempos -que muchos consideraron condenada de antemano al fracaso- consistía en que los oyentes de mi programa radial me contaran una historia verdadera sobre sus vidas. Todas ellas me imprimaron, nada quise descartar al publicar 180 de los 4000 relatos que escuché. Pero la selección es necesaria para contener la compulsión de la escritura.
Uno de aquellos relatos que no publiqué respondió a mi intuición de que la historia de un hombre que llamaré H. estaba incompleta, que sólo el tiempo –“que devora a sus hijos”- cerraría lo que quedaba incompleto.
Comenzaré teorizando que la mayoría de los desenlaces trágicos en la vida de los hombres ocurren por utopías abortadas. Otros, entran en la categoría del azar.
El oyente H. me contó aquella tarde de radio que su vida era simple, pero que la sobrellevaba con cierta dignidad.
H. se levantaba a las 6 a.m., casi exactamente una hora antes de comenzar su rutina oficial, obligado sólo por la compresión de su vejiga. Regresaba a su cama y dormitaba un rato más y que mientras lo hacía, se decía a sí mismo “hoy no me va a suceder”. Al empezar oficialmente su rutina preparaba los afeites obviando mirar al espejo. El brutal minuto de lo inevitable le llegaba al tener que afeitarse: su imagen no se reflejaba en el espejo. Me confesó que, con el paso de los días, llegó a la conclusión de que no podía un espejo reflejar aquello que no tiene identidad. Nada forzaba a su espejo a que lo asiluete, explicaba resignado. Más gravoso y evidente se hizo esa “ausencia” -me contaba- cuando en el Ministerio en el que trabajaba sus compañeros caminaban hacia él casi atropellándolo como a un fantasma.
Hasta allí llegó con su relato, hasta allí la historia podía ser incompleta. Pero, antes de cortar el audio, me confesó que había decidido ser escritor como yo, que el sufrimiento es la simiente justa para urdir palabras que se ordenarían en frases con sentido literario.
Dos años después, a través de un oyente, me enteré que cumplió su sueño. Una mañana de ésas de todos sus arrutinados días se acercó muy lentamente al borde del andén y se arrojó a las vías en el justo momento en el que el tren arribaba. Para sus deudos dicen que dejó un papelito muy prolijamente doblado que decía: he cumplido mi sueño de escribir, les dejo estas líneas de mi propia creación para que las coloquen como mi epitafio “Nos volvemos cada vez más opacos; y más y más conscientes de nuestra propia incoherencia”. La frase, obviamente, la reconocí inmediatamente, era de mi propia autoría, deslizada en alguno de mis libros. No me sorprendió la elección, muchos de todos estos años en que me he preguntado por qué escribo sólo he atinado a responderme que “mi única obsesión ha sido poder tener acceso a mí mismo” y que mi imagen aparezca reflejada al menos en mi escritura, aunque sea huidiza en los espejos.
MIEDO
Lo que sentí esa mañana al mirarme al espejo fue miedo. Un miedo atroz. Desde ese 31 de diciembre de 2010 (lo recuerdo muy bien, cómo no recordarlo, si fue el inicio de mi infortunio) cada vez que me levanto de la cama me atenaza el miedo. Y me pregunto si esto va a parar. Cuando voy al baño para hacer el primer pis de la mañana, intento no mirar hacia el espejo. Hago el esfuerzo, miro para abajo, incluso me tapo la cara con las dos manos… Pero no puedo dejar de verme. Inevitablemente termino por mirarme al espejo, aunque sea de refilón.
Primero solo eran algunas leves coincidencias que me ofrecía el espejo: un gesto aquí; una mirada allá. Ahora es casi toda la cara. Y, por supuesto, mi miedo aumenta. Los últimos días descubrí en el reflejo del espejo una sonrisa despectiva. Como si me dijera: “viste que es inevitable”. No aguanto más. Hoy fui al baño como quien va al matadero y finalmente todo estaba concluido, ya no tengo ninguna duda. El espejo me devuelve la imagen de mi padre.
Copyright©Alejandro
2025, febrero.
Nota: las correcciones definitivas estuvieron a cargo del autor.