La Argamasa

Posibilidades educativas en tiempos de algoritmo

Damián Melcer*

@profedmelcer

El término “adolescente” se asocia con “adolecer” como expresión de estar incompleto o de carecer de algo, se suele decir que el adolescente “adolece”, que “carece”. Sin embargo, adolescente significa otra cosa. Su raíz proviene de adolescens (joven) y adolescere (crecer) que son las raíces que constituyen la palabra “adolescente”, es decir que la adolescencia es un periodo crucial durante el cual se toma una nueva dirección en el desarrollo, se elabora la identidad y se plantea el sentido de la vida, la pertenencia y la responsabilidad social. Adolescer (del latín) significa que crece, que se desarrolla, por lo tanto requiere ser criado, alimentado y cuidado.

La miniserie Adolescencia nos interpela de un modo desgarrador porque coloca la incertidumbre y la inseguridad respecto al cuidado de nuestros adolescentes, poniendo de relieve que la juventud está vulnerable. Una vulnerabilidad multiplicada por la más amplia diversidad de imágenes y propuestas a solo un click en cualquier dispositivo, como también frente a la vulnerabilidad que promueve un mercado de trabajo condicionado por ritmos inciertos, flexibles y precarizados todo lo cual pone en cuestión un futuro cierto, continuo y que asegure el progreso. La vida social del presente nos permite hacer un juego de palabras cuando decimos que el futuro incierto que se postula deja a la juventud en condición de adolecer (carecer) de posibilidades para adolescere (crecer).

La miniserie adolescencia ha colocado, ante nuestros ojos, el distanciamiento intergeneracional en el que coexistimos adultos y jovenes. El distanciamiento se incrementa, paradojalmente, cuando pareciera todo estar más controlado: controles parentales, jóvenes que se vinculan desde sus hogares. La miniserie expuso que ni la familia, ni la escuela parecieran ser ámbitos que alojen. Entonces, ¿dónde se alojan los jóvenes?

Las redes están dando una respuesta a esto. La tribu abstracta, virtual, las consultas a la I.A., los diversos foros, la información de alto impacto que circula generando una falsa consideración de aprendizaje. El comportamiento en la red estimula actos intuitivos y espasmódicos que se convierten en modos de aprender, de ser y estar en este mundo. Se está en el mundo de un modo escindido, incluso en los modos de comunicarse y en el lenguaje.

La imagen reemplaza a la escritura y se leen imágenes, no palabras. El estímulo de una comunicación fugaz, de un lenguaje mediado por símbolos consolida un entorno social y cultural donde la escritura se abrevia, se reduce y queda librada a la ambigüedad. Mirar todo, leer menos, comprender lo básico parecen las señales del tiempo presente. La lengua efímera, el lenguaje evasivo nos pone de frente a un agujero vacío, que nos coloca ante el abismo.

El lenguaje expresa la escisión del ser social con el mundo que habita, el presente de nuestro tiempo se está escindiendo de la vida humana misma, un presente donde el cambio climático ya enseña sus consecuencias; un mundo que habla el lenguaje de la guerra y del genocidio; el desempleo y la pobreza mundial que se incrementan y la desvalorización de proyectar perspectivas a futuro; lo cual desvaloriza la vida del presente y el esfuerzo por alcanzar metas. La vida presente y la perspectiva de vida, es lo que está en riesgo.

Tendencias y desafíos

La escisión de las generaciones es también expresión de la escisión del ser humano con el mundo en el que vive y es la dislocación del propio ser de sus emociones. Sostener la vida cotidiana implica la exigencia y autoexigencia de sostener la rutina a pesar de las vicisitudes cotidianas, de la carestía y de la inestabilidad. La vida cotidiana exige anular la emocionalidad, aprender a “gestionar las emociones” apunta a sostener el presente sin cuestionamientos.

Anular el interrogante sobre la propia vida además de implicar la aceptación de las condiciones presentes en las que se despliega los modos de vivir requiere de elementos distractores que promuevan la sublimación de la potencialidad subjetiva que anida en todo individuo. La subjetividad humana se encuentra con la potencialidad de difuminarse frente a la velocidad y el impacto que puede ocasionar el algoritmo, por eso la capacidad de aprender queda a merced de la tecnología.

Aparece en el centro de la escena una subjetividad de la expectativa, el individuo se evade a través del scroll, de la multiplicidad de imágenes que todo lo muestran, que todo lo expresan pero donde no hay espacio, ni tiempo, para asumir la responsabilidad por lo que se observa. Cada imagen altera la anterior, para ser nuevamente alterada por la que vendrá. Sin embargo, la subjetividad de la expectativa es, también, una posibilidad que invita a lo que vendrá; que habilita la tendencia a superar el miedo a lo incierto y desafiar el mundo existente por lo que se desconoce. Tiempos de encrucijadas, donde se entrelazan la desazón, la apatía y el desasosiego, con la expectativa de cambiar hacia otro estilo de vida.

Lo intergeneracional como espacio de encuentro

Las escenas cotidianas presentan diálogos intergeneracionales circunstanciales y formales que no ponen en el centro de la escena la humanidad de cada individuo sino que apuntan a que se sostengan los ritmos para garantizar y cumplir con los requisitos establecidos (estudiar, trabajar, hacer actividades, nada que altere la rutina). Pero la propia dinámica social de nuestro presente hace que todo se desvanezca ante la presencia de múltiples dispositivos y expresiones en redes, porque se desvanecen las afirmaciones y los imperativos que imparten los adultos. Las redes se vuelven refugios. Los dispositivos presentan un mundo invalidado e inhabilitado. Nuestra adultez no asume la dimensión de los efectos del entrelazamiento que con los dispositivos y los algoritmos tienen los niños y los jóvenes. Al no habilitar ese modo relacional se anula la posibilidad de interpelar.

En la miniserie el entrelazamiento intergeneracional como habilitante de los sujetos sucede en el encuentro entre la profesional de salud (Erin Doherty) y el adolescente acusado de homicidio (Owen Cooper), cuando ella valida el sentimiento del joven y se lo hace saber y ante esto él reacciona diciendo enérgicamente que ella debe negarle ese sentimiento, sobre todo si ese sentimiento es negativo. Sin embargo, la profesional hace valer la vivencia del sujeto como experiencia algo que ocasiona la habilitación del sentir del joven y por lo tanto, le da consistencia a sus actos. La habilitación es lo que abre la posibilidad de la responsabilidad y esto se entrelaza con la subjetividad. El acto es el de alojar al otro desde su vivencia subjetiva. Al habilitar la subjetividad de quien habla se produce una reconciliación entre el individuo y su ser sujeto.

El entorno como medio de aprendizaje

¿Qué perspectivas pueden abrirse de establecer que nuestro futuro es incierto? Si tomamos noción abarcativa de la incertidumbre que se propone como futuro, podremos comprender que los individuos carezcan de perspectivas de certeza y de seguridad; que se fortalezca el azar y por supuesto, los condicionantes sociales en los que cada individuo se encuentra situado. En tal sentido, el entorno social en el que nuestra vida se desenvuelve nos muestra formas posibles de cómo resolver la cotidianeidad, la incertidumbre no es necesariamente una perspectiva motivadora porque abre la inestabilidad y también la soledad, el medio social expresa cómo se desenvuelve la vida. En tal sentido es válido retomar las palabras de Walter Benjamin cuando señaló que, “un individuo en situación de inmenso terror puede entonces verse compelido a imitar justamente aquello que lo aterroriza”.

La vida social, lo que el mundo muestra, es parte del entorno y funciona como medio del cual aprendemos lo que es posible y aquello que no. Asumir esto implica tomar conocimiento del alcance del concepto de andamiaje entre el ser y el medio porque coloca en el centro que la zona potencial de aprendizaje (conocida como zona de desarrollo próximo) es la incorporación consciente (o no) de todos los elementos que conforman el desarrollo de la vida humana. Al considerar que el medio también educa entonces podemos abordar las agresiones, la violencia, el descreimiento, la apatía, la abulia y, también, la fortaleza y la creatividad que atraviesan a los adolescentes como expresiones de la sociedad actual.

El presente en el que vivimos se resquebraja y afloran múltiples discursos concentrándose, en su amplia mayoría, en el cuestionamiento a los modos de enseñar, al modo de promover convivencia escolar, a la función y al sentido del rol docente porque, en definitiva, la docencia está en el corazón social, cultural de la sociedad y, por lo tanto, en el centro de las tensiones sociales y de los problemas de la vida cotidiana que no han sido resueltos. También se cuestiona a niños, niñas y adolescentes a quienes se los critica por los usos de dispositivos y mundos virtuales. Si aún así no se observan soluciones, se interpela a las familias a quienes en nombre de la corresponsabilidad se las responsabiliza. La tendencia a desintegrar lazos, es una constante, se responsabiliza a escuelas, a familias o a estudiantes. Queda exculpado el entorno social que establece los modos de vida.  ¿Es este un camino que resolverá los problemas del presente educativo?

Posibilidad de la enseñanza

Si el individuo queda librado a las fuerzas del medio entonces el dispositivo gana terreno sobre la niñez y la adolescencia. La presencia de las nuevas tecnologías estimula la desvalorización de la palabra, reemplazándola por símbolos y signos que reducen y simplifican el lenguaje, constituyendo un terreno de fragilidad y debilidad de los lazos. El dispositivo ofrece un espacio de virtual seguridad donde el sesgo de confirmación se convierte en abrazo protector.

Sin la práctica de la enseñanza el aprendizaje queda a merced de los embates de la vida social. La enseñanza promueve una experiencia psíquica en el estudiantado cada vez que logra hacer zozobrar el mundo conocido. La escuela aparece como el espacio donde la palabra tiene su lugar, se convierte en el lugar del lenguaje con otros y de ese modo, es la experiencia de la convivencia.

La enseñanza amplía y desafía a conquistar nuevas áreas del conocimiento pero también genera nuevas habilidades y capacidades humanas. Quién no se atrevía a hablar por vergüenza, aprende a superarla para cumplir un objetivo educativo, quien desconocía teorías del origen del mundo, empieza a escuchar la existencia de apreciaciones disímiles a las conocidas. Quién no vivió en su piel ciertas lastimaduras, puede sentirlas y aprender la empatía a través de la literatura. Cada disciplina, cada asignatura está ahí, no para generar costos sino para abrir el mundo, para conocerlo y al hacerlo, cada asignatura enseña, también, las habilidades y las emociones para poder abordarlo. Lograr esto es parte del proceso de organizar el medio en el cual se educa. ¿Cuál es ese medio? Es el medio social educativo conformado por los estudiantes, por el contenido curricular (establecido por los Estados), por aquellos que integran el cuerpo docente, por los distintos materiales que están a disposición e incluso por aquellos que pueden alterar la concentración. De todo esto se desprende que el medio social educativo está compuesto por la totalidad del mundo social.

El medio social educativo, el espacio áulico funciona como una extensión del cuerpo orgánico de cada individuo, pero de un modo no orgánico. De esta manera el aula aparece como cuerpo inorgánico y como ampliación del cuerpo del estudiante y del docente. Ese espacio se vuelve lugar habitable para el aprendizaje por lo tanto es un espacio que debe promover seguridad física y emocional. Por eso al enseñar no se hace una intervención sobre la voluntad de las personas sino que en la organización del entorno, de lo que constituye las dinámicas grupales. De esta intervención se instituye una autoridad pedagógica porque la enseñanza no deja nada en estado pasivo o inactivo y siempre escapa de quien enseña, porque al abrir el mundo este es apropiado por quien aprende. Por este motivo, por escapar de quien enseña, Freud incluyó a la enseñanza como una de las 3 tareas imposibles de realizar.

El señalamiento como acto educativo

La enseñanza, en la era de los dispositivos tiene una complejidad que no ha sido abordada en toda su dimensión porque, por un lado, el estudiantado es abordado por una multiplicidad de información y de opiniones que quiebran el monopolio de la palabra docente (y adulta) en el aula y porque por otro lado, a través del sesgo de confirmación que refuerza el algoritmo, se construye una seguridad subjetiva para cada individuo provocando en el individuo la apreciación de que sus ideas son correctas, se fortalecen y se vuelven espacios de seguridad subjetiva, una dinámica que corre el riesgo de incrementarse a medida que la realidad social se vuelve más hostil e inentendible.

Por lo dicho, no se trata, meramente, de prohibir los dispositivos, porque la posibilidad que tiene la enseñanza ante este presente es fortalecer su lugar de orientación. Entonces, ¿Cómo hacerlo? La actividad de la enseñanza reclama, continuamente, la atención del estudiante. En tal sentido es un señalamiento. ¿Qué significa esto en educación? Significa que al señalar orientamos hacía algo pero también aludimos a alguien. Al señalar atraemos la atención y solicitamos la atención; pedimos que levanten la vista del celular y estimulamos y buscamos redirigir la atención del estudiante. El gesto de señalar promueve el momento de existir situadamente. A través del señalamiento se le pide a alguien que atienda al mundo, de ese modo se convierte en un gesto de apertura porque abre el mundo al estudiante y también abre al estudiante al mundo.

El mundo, a través del señalamiento, se expone a ser visto y, en definitiva, somos responsables de lo que vemos. Para ver el mundo se requieren capacidades cognitivas, saberes científicos, habilidades emocionales, conocimiento fidedigno, formación cultural, prácticas y ejercicios; porque ver no es meramente un acto, sino una capacidad. Un señalamiento de esta característica implica que el estudiante se pregunte por el lugar que ocupa y por el que quisiera ocupar en el mundo en el que vive, pero también habilita el interrogante en referencia al mundo como lugar para habitar y por lo tanto implica, potencialmente, hacer nacer nuevos modos de querer vivir en el mundo.

* Licenciado en Sociología (UBA) y Maestrando en Políticas Educativas (UTDT). Director en colegio de nivel secundario, Profesor de cátedra Didáctica de la Comunicación, del Profesorado en Cs. de la Comunicación (UBA). Docente del curso virtual asincrónico “Educar en tiempos inciertos: entre lo imposible y lo necesario”, en Comunidad Virtual Russell: Temas de salud mental; asesor educativo en colegio del nivel primario. Escribe artículos en diversos medios, revistas y capítulos de libros sobre educación, tecnología, cultura y subjetividad. Papá de Vera y Jazmín.

©Damián Melcer

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Octubre 2025

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